Cuando cae la tarde en Copenhague, sobre todo entre primavera y verano, el sexto piso de un edificio de la Vesterbrogade se convierte en uno de los mejores lugares de la ciudad para ver el atardecer. Ahí funciona el rooftop bar de NH Copenhagen Grand Joanne, con cócteles de estación, vinos frescos, algo para picar y DJs residentes que musicalizan la puesta de sol, que suele pintar el cielo danés de un rosa muy parecido al que domina buena parte de la decoración del hotel. No es casualidad, ese color forma parte de una identidad pensada de punta a punta, la de un hotel que decidió construirse alrededor de una idea muy concreta, poner en el centro a las mujeres que la historia oficial de Dinamarca solía dejar en un segundo plano.
Esa filosofía también atraviesa la cocina, un piso más abajo. En Joanne’s, el restaurante de cocina italiana contemporánea del hotel, el chef Ricardo Oteiza suele explicar su método de trabajo con una idea bastante alejada de la disciplina militar que caracteriza a muchas cocinas profesionales. En su equipo hay espacio para hablar, para discutir y para expresarse, sin gritos ni jerarquías impuestas de arriba hacia abajo. Esa manera de liderar termina reflejándose en el plato, con propuestas como un risotto elaborado con hongos ostra azules orgánicos y de cercanía, o un tiramisú con un toque de vino marsala siciliano, acompañados por el café de Prolog Coffee, un tostador local del propio barrio de Vesterbro.
Un edificio de 1928 que cambió de destinatario
Antes de convertirse en Grand Joanne, ese mismo edificio ya llevaba casi un siglo funcionando como hotel. Abrió sus puertas por primera vez en 1928, sobre la Vesterbrogade, la avenida que conecta la estación central de Copenhague con el barrio de Vesterbro, y durante décadas recibió sobre todo a viajantes de comercio y hombres de negocios. En abril de 2023, después de una renovación integral, el hotel reabrió con un nombre y un propósito completamente nuevos, en homenaje a Johanne Sophie Frederikke von Bothmer, madre del estadista danés Christian Reventlow, uno de los grandes reformistas sociales del siglo XVIII. Detrás de ese hombre recordado por los libros de historia había una mujer que rara vez aparecía mencionada, y el hotel decidió, desde el nombre mismo, saldar esa deuda.
El estudio sueco Spik Studios, encargado del diseño de interiores, fue bastante claro respecto de la intención del proyecto, alejarse de la idea de gran hotel europeo tradicional para construir, en cambio, un espacio con una identidad abiertamente femenina. Esa decisión se nota en los tonos tierra y rosados que dominan pasillos y habitaciones, en las paredes de ladrillo a la vista, en la iluminación suave y en un mobiliario de curvas redondeadas, muy alejado de la rigidez habitual de los hoteles pensados para viajeros de negocios.
Ese mismo espíritu se traslada a las ciento sesenta y dos habitaciones distribuidas en seis pisos, desde la más compacta Cozy Room hasta el Penthouse Suite de las plantas más altas, todas con arte curado, techos altos, ventanales grandes y persianas capaces de bloquear por completo la luz, un detalle especialmente valioso durante los larguísimos días del verano escandinavo. Varias de las salas de reuniones del hotel, pensadas para el segmento corporativo, llevan el nombre de mujeres esenciales en la historia danesa, entre ellas Tove Ditlevsen, la poeta que creció a pocas cuadras de ahí, Inge Lehmann, la sismóloga que descubrió el núcleo interno de la Tierra, y Asta Nielsen, la actriz de cine mudo que interpretó personajes femeninos complejos mucho antes de que eso fuera habitual en la pantalla.
Esa capa histórica convive con el arte que decora las paredes del hotel, buena parte firmado por artistas mujeres locales, entre ellas la pintora lituana radicada en Copenhague Lolita Pelegrime, cuyos retratos íntimos de mujeres de su entorno estuvieron expuestos junto a la barra del restaurante. El barrio elegido tampoco fue casual, Vesterbro, antiguo barrio obrero hoy convertido en uno de los polos de entretenimiento más animados de Copenhague, con el antiguo Kødbyen, la zona de mataderos, reconvertido en epicentro gastronómico y nocturno a pocas cuadras de distancia, fue además escenario, en 1910, de la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Trabajadoras, el encuentro que sembró la idea original de lo que hoy se conoce como el Día Internacional de la Mujer.
Grand Joanne pertenece a la cadena NH Hotels, algo que en principio podría sugerir un producto más estandarizado, pero que en este caso conviven sin fricción con una identidad muy marcada y local. El hotel se define a sí mismo como un espacio donde nadie es simplemente un huésped más, sino parte de una comunidad más amplia, sin distinción de nacionalidad, profesión o presupuesto, una vocación que se nota tanto en el trato del personal como en la variedad de perfiles que se cruzan en el lobby a cualquier hora del día, desde ejecutivos que llegaron para una reunión hasta parejas jóvenes que solo buscan un buen cóctel con vista.
Esa convivencia de públicos también se nota en el uso que le dan al hotel a lo largo del día. Por la mañana predominan los viajeros de negocios que bajan a desayunar antes de una reunión en alguna de esas mismas salas bautizadas con nombre de mujer, al mediodía el restaurante recibe a oficinistas del barrio que buscan una pausa con buena comida, y recién con la caída del sol el hotel muestra su costado más social, cuando el rooftop se llena y la línea entre huésped y visitante ocasional termina de disolverse por completo.
Entre risotto de hongos, cócteles rosados al atardecer y salas de reunión con nombre de científica, Grand Joanne encontró una forma bastante concreta de mantener viva esa historia, sin solemnidad, apenas con la insistencia tranquila de poner el nombre de una mujer donde antes solo había un espacio en blanco.
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Texto: Flavia Tomaello







