Europa

El sabor no necesita ruido

Todas las noches, cuando el último cliente se retira de Fifty Seconds, empieza la parte del trabajo que nadie ve. Rui Silvestre, chef del restaurante instalado en la Torre Vasco da Gama de Lisboa, junto a su mano derecha, Leandro Lopes, y la sous-chef Soraia Neves, se sienta a repasar mesa por mesa lo que acaba de pasar. «El secreto reside en el rigor de la transmisión de la información y en la coordinación diaria. Realizamos un debriefing muy minucioso de cada mesa y de cada detalle del servicio que acaba de finalizar. Analizamos los comentarios de los clientes, ajustamos los tiempos y preparamos la mise en place física y mental para el día siguiente», cuenta Silvestre. Esa disciplina nocturna, dice, es la que sostiene la consistencia de un restaurante que desde marzo de este año cocina con dos estrellas Michelin.

Esa misma exigencia atraviesa toda su relación con la técnica. En un momento en que la alta cocina suele sufrir de exceso de intervención, Silvestre traza una línea bastante nítida entre lo que considera innovación necesaria y lo que le parece un capricho. «La línea está muy clara, la técnica debe ser invisible para el cliente. En el momento en que la técnica desvirtúa el alma de un ingrediente o se impone al sabor puro del producto para alimentar el ego del chef, hemos fracasado». En Fifty Seconds, explica, cada herramienta técnica está subordinada a un único objetivo, extraer la mejor textura posible, concentrar un fondo o preservar la máxima frescura del producto. Nada más.

Esa filosofía tiene su origen en una experiencia bastante concreta, la de haber sido un cocinero muy joven bajo mucha presión. Silvestre recibió su primera estrella Michelin con poco más de veinte años, y hoy, ya consolidado, tiene una idea clara de lo que le diría a aquel chef que empezaba. «Le diría que respirara, que confiara en el proceso y que se centrara en lo esencial. Con poco más de veinte años sentimos una urgencia febril por demostrar todo lo que sabemos hacer en un solo plato, lo que a veces da lugar a un exceso de elementos». Con la madurez, agrega, entendió que la verdadera sofisticación reside en la simplicidad y en la capacidad de eliminar lo superfluo, porque la precisión no necesita hacer ruido.

 

 

Una partitura de temperaturas, texturas y silencios

Esa búsqueda de precisión se traduce, plato a plato, en la construcción del menú degustación. Silvestre lo compara con componer una partitura musical, un ejercicio de ritmo tanto como de sabor. «Empezamos con notas frescas, ácidas y muy limpias para despertar las papilas gustativas. A medida que avanzamos hacia platos más complejos y con mayor contenido graso, introducimos cítricos y notas de especias muy precisas para limpiar el paladar y mantenerlo activo. El ritmo lo es todo, alternamos temperaturas, texturas y intensidades. El objetivo es que el cliente llegue al final de la comida con la misma frescura, energía y apetito con los que comenzó el primer momento».

Ese mismo criterio de precisión y contención define también la selección de vinos, un trabajo que Silvestre resuelve en conjunto con Marc Pinto y Teresa Grilo, responsables de la sala. «Trabajo en absoluta complicidad con Marc y Teresa. No creamos platos pensando en los vinos, ni elegimos vinos únicamente por su etiqueta o su prestigio. Cuando desarrollamos un plato nuevo, analizamos juntos su columna vertebral, la acidez, la grasa, las notas cítricas o las especias. Un gran vino solo entra en el menú si crea una armonía perfecta que eleve el plato. Si el vino compite con la comida o habla más alto en el paladar del cliente, buscamos otro camino». Esa lógica de subordinación de cada elemento a un equilibrio mayor es, quizás, la mejor definición posible de cómo piensa Silvestre una comida completa.

 

 

La técnica invisible también convive con una fuerte impronta de origen. La cocina de Fifty Seconds cruza el marisco de la costa portuguesa con las especias de la herencia familiar del chef, con raíces en Mozambique y en India, algo que él describe como respeto y contención antes que como exotismo. Ese equilibrio entre disciplina técnica y memoria afectiva se completa con la estética de la sala, dominada por tonos bronce, cobre y la luz del Tajo, que Silvestre traslada al plato en forma de emplatados limpios, geométricos y minimalistas, sin decoración de más.

Todo esto ocurre, además, en un escenario poco habitual, un restaurante ubicado a ciento veinte metros de altura, dentro de la Torre Vasco da Gama, al que se accede en un ascensor de cincuenta segundos que le da nombre al lugar. Silvestre es tajante respecto de qué lugar debe ocupar ese recorrido dentro de la experiencia completa, uno de transición, nunca de reemplazo. «El ascenso en ascensor es un momento de transición necesario. Pero el verdadero impacto tiene que producirse en la mesa. En el momento en que el plato llega a la mesa, el foco visual y sensorial se estrecha. La altura y las vistas pasan a ser simplemente un magnífico telón de fondo, porque el verdadero espectáculo es la precisión del sabor y nuestra hospitalidad».

Con dos estrellas Michelin ya conquistadas, esa disciplina nocturna dejó de ser un detalle de gestión para convertirse en parte de la identidad del restaurante. Silvestre no la presenta como una carga, sino como el mecanismo que le permite sostener, noche tras noche, un nivel de exigencia que en la alta cocina suele ser más fácil de alcanzar en un momento puntual que de mantener en el tiempo. La consistencia, para él, no nace de la inspiración de una noche particular, sino de la repetición metódica de ese ejercicio de revisión, mesa por mesa, comentario por comentario, hasta que cada ajuste queda incorporado a la rutina del equipo. Esa misma precisión, entrenada todas las noches en los debriefings con Leandro Lopes y Soraia Neves, es la que sostiene, plato tras plato, las dos estrellas que hoy distinguen a Fifty Seconds.

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