Europa

De la mañana a la medianoche

La mañana en Coco Hotel arranca con el ruido de las tazas de café y el olor a bollería recién horneada que sube desde el café de la planta baja, mucho antes de que el resto del barrio termine de despertarse del todo. A esa hora, la luz entra de lleno por los ventanales que dan a Vesterbrogade, y el espacio, todavía sin la multitud de la noche, funciona casi como un tercer lugar de trabajo para huéspedes con la laptop abierta y vecinos que entran a buscar su café de siempre. Ese ritmo matutino tranquilo contrasta, y mucho, con lo que va a pasar en ese mismo rincón apenas unas horas más tarde, cuando el sol empiece a bajar.

El resto del día invita a salir a la calle y perderse un rato por el barrio. Coco está instalado en pleno Vesterbro, el barrio que hasta hace apenas un par de décadas era la zona roja de Copenhague y que hoy concentra bares de vino natural, restaurantes de autor y el Meatpacking District, la vieja zona de mataderos reconvertida en polo de galerías y vida nocturna. Caminar unas cuadras alrededor del hotel alcanza para entender por qué tantos visitantes eligen quedarse justo ahí, en el epicentro de la Copenhague más creativa, en lugar de optar por barrios más tradicionales y previsibles del circuito turístico habitual.

De vuelta en el hotel, después de esa caminata, cada habitación revela su propia personalidad. Son ochenta y nueve en total, compactas pero cuidadas, con colores intensos, mobiliario justo y obras curadas especialmente para el proyecto, entre ellas láminas del Museo Louisiana, uno de los grandes referentes del arte moderno y contemporáneo danés. La mayoría no tiene aire acondicionado, algo a tener en cuenta en los meses de verano, aunque el ruido que puede filtrarse desde el patio interior suele apagarse alrededor de las diez de la noche. Quien prefiera más espacio y clima controlado puede optar por la suite familiar del último piso, la única con esa comodidad incluida. Tampoco hay heladeras en las habitaciones, y una cuna de viaje para bebés está disponible bajo pedido, generalmente con costo adicional, en un espacio bastante ajustado para tres personas.

 

 

Cuando cae la tarde, el café se convierte en otra cosa

Alrededor de las seis de la tarde, el mismo café que sirvió el desayuno cambia por completo de carácter. Las luces bajan, aparecen las velas sobre las mesas, y Coco Café & Bar se transforma en el living compartido del hotel, con juegos de mesa, conversaciones que se estiran y copas de vino elegidas de una carta que reúne más de quinientas etiquetas, con una selección más breve disponible por copa para quien prefiera no comprometerse con una botella entera. Entre las once de la mañana y las tres de la tarde ya había funcionado la carta de almuerzo, con clásicos escandinavos como el smørrebrød de camarones, pero es de noche cuando el lugar realmente se llena, sobre todo los fines de semana, y conviene llegar temprano para conseguir mesa.

Ese mismo carácter de living compartido explica el origen de todo el proyecto. Coco es la primera apuesta hotelera de Copenhagen Food Collective, conocido en la ciudad como Cofoco, un grupo que antes de este hotel ya administraba dieciocho restaurantes de estilos muy distintos repartidos por Copenhague. Esa experiencia gastronómica se nota en cada rincón, un diseño desenfadado, sin solemnidad, que también se refleja en el edificio elegido para el proyecto, una construcción clásica que hasta hace poco funcionaba como The Crown Hotel y que fue completamente reformada hasta convertirse en un cruce entre la elegancia parisina y la sensibilidad escandinava, con puertas de madera talladas, querubines en las molduras y espejos antiguos en las escaleras.

 

Ya entrada la noche, el patio interior del hotel, cubierto de plantas, se convierte en el rincón más buscado por quien quiere alejarse un poco del bullicio del café sin salir del edificio. Es, junto con la barra, el mejor lugar para terminar el día, copa en mano, antes de subir a dormir. El servicio acompaña ese mismo ritmo relajado durante toda la jornada, amable en la recepción, atento al llegar y al partir, pero sin gestos de hotel de lujo tradicional, nadie sube las valijas ni está pendiente todo el tiempo del huésped.

Antes de que termine el día vale la pena mencionar, además, lo que sostiene todo ese funcionamiento puertas adentro. Coco cuenta con la certificación ambiental Green Key, opera libre de plástico y se abastece de energía renovable gracias a un parque solar que el propio grupo Cofoco instaló en 2017, capaz de alimentar al hotel, a sus dieciocho restaurantes, y de volcar el excedente a la red eléctrica nacional danesa. En materia de accesibilidad, hay una habitación adaptada en la planta baja, aunque sin barra de apoyo junto al inodoro, y un ascensor pequeño como alternativa a las escaleras, mientras que el resto de las habitaciones tiene un pequeño escalón a la entrada del baño.

Recorrer un día completo en Coco deja bastante claro para quién está pensado el hotel. No es la primera opción para familias con chicos muy pequeños, algo que el propio hotel no disimula, pero funciona muy bien para parejas, grupos de amigos o viajeros que prioricen diseño, ubicación y una tarifa razonable por encima del confort de un hotel de lujo tradicional. La jornada completa, desde el primer café hasta la última copa en el patio, termina funcionando como una especie de resumen del propio barrio, Vesterbro pasó de ser la zona que la ciudad prefería evitar a convertirse en uno de los rincones más buscados de Copenhague, y Coco, con su mezcla de café de mañana y bar de noche, parece haber entendido esa transformación mejor que casi cualquier otro proyecto hotelero de la zona.

Entre el café de la mañana y la última copa de la noche, Coco termina revelando algo bastante simple, que un buen hotel de barrio puede parecerse, en el fondo, a un restaurante con camas.

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Texto: Flavia Tomaello