El sol entra primero por los ventanales del comedor de SOLC, mucho antes de que Barcelona despierte del todo, y encuentra ya puesta la mesa con manteles impecables y café recién molido. Esa puntualidad silenciosa lleva más de un siglo repitiéndose en el mismo punto exacto del Passeig de Gràcia, desde que Ércole Cacciami abrió, en abril de mil novecientos dieciocho, el entonces llamado Majestic Hotel Inglaterra tras mudar su negocio desde la calle Fontanella. El desayuno diario del hotel ganó, hace poco, el reconocimiento como mejor desayuno hotelero de Europa en la decimosexta edición del Prix Villégiature. Esa distinción corona una tradición matinal jamás interrumpida.
Avanzada la mañana, el vestíbulo empieza a llenarse de un movimiento discreto: maletas que entran, botones que saludan por nombre a huéspedes recurrentes, conserjes que despliegan mapas señalando La Pedrera a pocos metros. Martí Casals Galcerán compró el establecimiento poco después de su fundación con la intención de ampliarlo hacia el edificio contiguo. La Guerra Civil postergó ese proyecto durante décadas, hasta que finalmente los años sesenta y setenta permitieron sumar habitaciones y acercar la propiedad a las trescientas que ofrece actualmente.
Al mediodía, el barrio entero parece organizarse alrededor de este cruce exacto del Eixample. Casa Batlló, Casa Amatller y el resto del muestrario modernista de la zona quedan a distancia caminable, y buena parte de los huéspedes organiza su jornada entera desde el propio lobby del Majestic, entre guías desplegadas y cafés recién servidos. Durante décadas, el hotel funcionó además como escenario político de primer nivel: la extinta Convergència Democràtica de Catalunya solía elegir precisamente estos salones para celebrar sus citas electorales más importantes. Esa costumbre confirma el peso simbólico del edificio dentro de la vida pública catalana.
Pasado el almuerzo llega el momento de recorrer los pasillos con calma, deteniéndose frente a la colección de arte que supera las mil piezas repartidas entre salones y corredores. Obras de Antoni Tàpies conviven con esculturas de Josep Guinovart y piezas del británico Anish Kapoor, transformando cada recorrido casual en visita de museo improvisado. Pocos huéspedes llegan sabiendo esto, y quienes lo descubren terminan alargando el paseo, buscando la próxima sorpresa colgada tras la siguiente puerta.
La tarde trae consigo el recuerdo de quienes durmieron antes bajo este mismo techo. Antonio Machado pasó aquí sus últimas noches en suelo español antes de partir hacia el exilio francés en Collioure. Federico García Lorca, Joan Miró y Pablo Picasso convirtieron el bar en escenario de conversaciones legendarias, mientras Ernest Hemingway encontraba entre estas paredes el silencio necesario para escribir. La reina Victoria Eugenia y, más tarde, la reina María Cristina visitaron personalmente estos salones durante distintos momentos de esplendor real. Josephine Baker cantó bajo las lámparas del vestíbulo, Robert Capa reveló fotografías históricas en algún cuarto discreto y la soprano Renata Tebaldi dejó su voz suspendida entre columnas de mármol.
Entre mil novecientos noventa y cuatro y mil novecientos noventa y nueve, aprovechando el impulso olímpico que colocó a Barcelona en el centro del mapa mundial, la propiedad encaró su reforma más profunda. Ganó luz, ganó amplitud y conservó, contra todo pronóstico, el carácter original del edificio. Aquel esfuerzo permitió, en dos mil siete, alcanzar la calificación de cinco estrellas gran lujo. Ese reconocimiento abrió, poco después, las puertas de la selecta asociación The Leading Hotels of the World.
Cuando el sol empieza a bajar, la azotea reclama toda la atención posible. La piscina de La Dolce Vitae se despliega suspendida sobre la ciudad, con la Sagrada Familia asomando entre los tejados y el Mediterráneo brillando justo detrás del horizonte urbano. Cócteles de autor, vinos escogidos con cuidado y una luz dorada convierten ese décimo piso en el rincón más codiciado de toda la manzana durante la hora exacta del atardecer.
Este año trajo movimientos importantes para la casa. Luis Cobo asumió la dirección general tras una etapa exitosa al frente del Park Hyatt Dubai, coincidiendo con una temporada especialmente premiada. Beyond Luxury Awards distinguió al Majestic como mejor hotel de lujo clásico de España, Condé Nast Traveler España entregó el galardón Hotel y Mantel al mejor brunch hotelero del país y Travel + Leisure España sumó una nominación como hotel emblemático nacional.
Con la noche cerrada, el restaurante SOLC despliega la cocina del chef David Romero, reconocida por la Guía Michelin como Restaurante Seleccionado durante dos años consecutivos. Una finca propia en el Maresme abastece cada mañana verduras frescas que después brillan transformadas en el plato de la cena. El rincón dulce del pastelero Marc Pérez cierra la jornada gastronómica con propuestas capaces de convertir cualquier sobremesa en pequeño acontecimiento memorable.
El piano del Majestic Bar toma entonces el protagonismo, acompañando cada copa con una banda sonora que parece escrita especialmente para viajeros nostálgicos. El spa, apenas unos pisos más abajo, sigue abierto para quien prefiere cerrar el día entre baños de vapor, sauna y masajes capaces de disolver semanas enteras de cansancio acumulado.
Ya de madrugada, cuando el bullicio del bar se apaga y los últimos huéspedes suben hacia sus habitaciones, el edificio entero respira distinto, casi en silencio absoluto. Tres generaciones de la familia Soldevila Casals siguen custodiando, hasta ese último instante del día, cada rincón del hotel que Cacciami imaginó hace más de un siglo. Volver a cruzar esa puerta giratoria, cualquier mañana futura, significa reencontrarse con una Barcelona que decidió, hace ya cien años, envejecer con absoluta elegancia.
Texto: Flavia Tomaello



