Corrientes

Meridiano de ladrillo

Hasta mediados del siglo XIX, cada ciudad del mundo vivía en su propia hora. El mediodía llegaba cuando el sol se plantaba sobre el campanario local, y dos villas separadas por cien kilómetros desfasaban sus relojes por unos minutos que nadie reclamaba. Los trenes acabaron con esa soberanía doméstica. Un horario ferroviario exigía que Bristol y Londres coincidieran, así que Inglaterra se puso de acuerdo, y en 1884 una conferencia reunida en Washington eligió Greenwich como el cero del planeta. Desde entonces la humanidad cuenta sus días con una exactitud que sus abuelos habrían tomado por brujería.
Los viajeros de la Belle Epoque vivieron esa unificación en carne propia. Bajaban de un expreso con el reloj de bolsillo adelantado, atrasado o simplemente detenido, y dedicaban la primera hora de cada ciudad a averiguar qué hora era para los demás. Guardaban, a la vez, una nostalgia que rara vez confesaban, la del mundo anterior, donde cada rincón conservaba su compás.
Sospecho que esa nostalgia explica la existencia de ciertos lugares. En una avenida de Corrientes, a unos mil kilómetros al norte de Buenos Aires, el número 827 custodia un meridiano propio, y su unidad de medida es la sombra de un mango.
Corrientes obedece desde siempre a relojes antiguos. Fue fundada un 3 de abril de 1588, fecha que hoy bautiza su avenida principal, a orillas de un Paraná cuyo ancho desafía la imaginación de quien lo ve por primera vez. Su nombre recuerda las siete puntas de piedra que entorpecían la navegación frente a la costa, siete tropiezos del agua que los pilotos de otros siglos aprendieron a respetar. La siesta se ejerce con rigor de institución, las citas se cumplen con elasticidad de acordeón y el chamamé, reconocido por la UNESCO como patrimonio inmaterial de la humanidad en 2020, impone un compás que ningún metrónomo de Greenwich lograría domesticar. A pocas horas por tierra se extienden los Esteros del Iberá, un archipiélago de agua y camalotes donde yacarés, carpinchos y ciervos de los pantanos viven fuera de cualquier calendario.
La ciudad suele tomarse por escala, trampolín hacia destinos de nombre más rotundo. La propia Guía Michelin admite que su lejanía vuelve inesperada la existencia de una posada tan sofisticada, y esa sorpresa, bien mirada, es el primer lujo que el sitio ofrece.
Llegué a media tarde, con el reloj de pulsera marcando una urgencia que la avenida había dejado de reconocer.


Ladrillo, hojalata y cristal


Antes de ser hotel, La Alondra fue una casona de familia sobre el borde del casco histórico, a cinco minutos en auto del río. Quienes la transformaron en hotel de diseño tomaron una decisión que gobierna todo lo demás, la de conservar antes que decorar. Los ladrillos siguen desnudos, las maderas muestran su veta y la estructura original asoma en cada habitación como un esqueleto del que la casa se enorgullece.
Quince habitaciones se reparten entre dos mundos vecinos. El primero conserva el nombre de Casa de Huéspedes y reúne siete cuartos de unos cincuenta metros cuadrados, todos con vista al patio, cada uno con carácter propio. El segundo se llama El Salvador y tiene una biografía que pide novela, porque fue galpón fabril y en cierta etapa carnicería, de modo que sus paredes conocieron el trabajo antes de conocer el romance. Hoy ofrece ocho habitaciones, un gimnasio, una sala de masajes y un living reservado, El Galpón, que funciona como el salón secreto de la propiedad. Desde un techo de hojalata antigua pende allí una araña de cristal cuyo brillo contradice, con travesura, la rudeza del origen.
El patio ocupa el centro de la casa. Los mangos extienden copas de tanto volumen que el sol del mediodía llega a las baldosas convertido en monedas sueltas, una pileta de doce metros invita a nadar largos de verdad y un muro recuperado de la época colonial vigila la escena con su piel de siglos. Al costado, una mesa para veinte comensales aguarda a quienes entienden la cena como una forma de literatura oral.
En el vestíbulo, que funciona a medias como recepción y a medias como gabinete de viajero, se acumulan antigüedades gastadas por el tiempo, libros de lomos agotados y recuerdos de travesías ajenas. Sillones de cuero, maderas oscuras y espejos de marco dorado completan una estética que la Guía Michelin, donde la casa figura entre las seleccionadas, describe como la propia de una residencia de campo de la clase alta provincial argentina. La definen la serenidad y la paciencia, y ninguno de sus elementos reclama protagonismo.
La idea que sostiene el conjunto cabe en una línea que la casa repite con orgullo, la de ser refugio para nómades de nuestro tiempo, gente que recorre el mundo y extraña, entre tanto kilómetro, un hogar. La guía sugiere que su raíz podría estar en la pulpería, esa mezcla de taberna y pensión que daba cobijo a gauchos y viajeros durante las largas jornadas de la pampa. Se percibe el linaje en el trato y en la promesa de siempre, techo, mesa y conversación, entregada ahora con camas inmensas y una carta bien pensada.
Quien lee crónicas de viaje de comienzos del siglo XX descubre que sus autores dedican más ternura a la posada que los acogió que a la catedral que visitaron. Las catedrales se contemplan, mientras que las posadas se recuerdan con el cuerpo, con el peso de una manta, el aroma de una sopa o la sensación de que la puerta se abrió antes de golpear. La Alondra pertenece a la estirpe de las posadas memorables.

 

 


Lo que cuenta la sombra

La jornada empieza sin reloj. Un desayuno de panes caseros, frutas, jugos, yogur y café de calidad, acompañado por los chipacitos que los huéspedes mencionan con ternura, se sirve bajo los mangos o en la habitación, a gusto del viajero. Después se abre el abanico de posibilidades. La pileta espera, el gimnasio también, y la casa ofrece asistente personal, traslados desde los aeropuertos, guarda de equipaje, lavandería, entrenador y spa en la habitación, además de ayuda para contratar excursiones. El Iberá queda a pocas horas, y la casa lo ofrece como excursión natural, de manera que el viajero sale a mirar yacarés al amanecer y regresa al patio con barro en las botas y ganas de silencio.
El mediodía y la noche tienen su epicentro en el Bistró, abierto también a los vecinos, un gesto que revela el carácter de la casa. Los hoteles que viven solo de forasteros terminan convirtiéndose en vitrinas, y este late con el pulso de los correntinos que se sientan a su mesa. El pan y las pastas se elaboran allí mismo, los ingredientes siguen el ritmo de la estación y los postres cuentan con un coro de admiradores entre quienes los probaron. Más de un huésped lo coronó como el mejor restaurante de la ciudad, y los comentarios de quienes se alojaron aseguran que, tras una cena allí, salir a buscar otro lugar parece una ocurrencia extravagante.
Al caer la tarde, la sombra de los mangos se alarga hasta tocar la pileta, se diría que el patio usa el agua para ver la hora, y el ladrillo devuelve al aire el calor que atesoró durante el día. En El Galpón se enciende la araña, la copa se acomoda sola en la mano y el libro postergado durante años se abre con una docilidad sospechosa. Los comentarios de los huéspedes coinciden en un punto, la calidez del equipo, que recibe con la alegría de quien espera a un amigo que llega de lejos. Pocos detalles pesan tanto, en un hotel, como la manera en que alguien abre una puerta.
Los empleados mencionan, sin darle importancia, una creencia de la casa, la de que siempre se regresa a La Alondra. La cuentan con la naturalidad de quien comenta el pronóstico, y esa naturalidad la vuelve convincente. Algo en el aire del patio, en la textura del ladrillo, en la luz que se demora sobre el agua, persuade al visitante de que dejó atrás una promesa y de que alguien, en el 827 de la avenida 3 de Abril, está custodiándola.
Greenwich fijó el cero del mundo en 1884. Corrientes, que nunca fue de las que se apuran, conserva el suyo en un patio donde el tiempo se mide en sombras de mango, en largos de pileta, en sobremesas que terminan cuando los grillos exigen silencio.
Al partir ajusté mi reloj a la hora de todos, la de los aeropuertos y las pantallas de vuelos. Horas más tarde, entre un control de pasaportes y una fila de equipajes, lo miré y comprobé que se había atrasado por su cuenta tres horas, la distancia exacta que separa a Greenwich de Corrientes. Lo dejé así. Ciertos relojes merecen ese desvío, y el mío conserva desde entonces la hora de un patio sombreado, a la espera de que su dueño regrese a darle cuerda.

 

Texto: Flavia Tomaello