Los dueños de The Darling lo advierten desde el nombre, y no es casualidad. Cuando Jens Løkke y Uffe Buchard armaron este hospedaje en pleno centro de Copenhague, no pensaron en huéspedes sino en pretendientes. Cada silla, cada lámpara, cada juego de té que hay adentro de la casa está en venta, y la premisa es simple: si te enamorás de algo mientras estás ahí, te lo podés llevar. Pocas veces un hotel se anima a ser tan literal con la idea de que un objeto bien elegido puede generar el mismo vértigo que una persona.
La casa queda en el segundo piso de un edificio de 1730, sobre Strøget, la calle peatonal más transitada del centro histórico. Nada en la fachada avisa lo que hay adentro. Se sube por una escalera angosta, algo torcida por el paso de los siglos, y se llega a un espacio que funciona menos como hotel y más como residencia privada, curada pieza por pieza por dos socios que vienen del mundo del branding y que decidieron, en algún momento, dejar de vender marcas ajenas para armar una casa propia con todas ellas adentro.
Son tres las residencias que conforman The Darling, y cada una tiene una manera distinta de generar ese enamoramiento del que hablan sus dueños. The Grand, la más amplia con cien metros cuadrados, seduce por la escala: tiene comedor propio, estudio y espacio de sobra para sentirse en una casa de verdad, no en una habitación. The Classic, con setenta metros, ofrece una versión más contenida de lo mismo, con su propio estudio para quien viaje por trabajo. Y después está la benjamina, la más nueva de las tres, la que llegó a completar la familia hace poco tiempo: The Cosy.
Con cincuenta metros cuadrados, The Cosy no busca impresionar por el tamaño sino por la intensidad de los detalles. Ahí conviven dormitorio, living, cocina y baño en una escala pensada para el descanso más que para la ceremonia. Y hay un motivo puntual para prestarle atención especial: en su living está montado el Sistema de Paneles que Finn Juhl diseñó en 1953, tallado en roble, una pieza que casi no circula ni siquiera entre los coleccionistas más devotos del diseñador danés. Cruzarse con ella en el living de una casa donde te vas a quedar a dormir, y no detrás del vidrio de un museo, cambia por completo la manera de mirarla.
Las tres residencias comparten el mismo elenco de estrellas del diseño escandinavo. Circulan piezas de Finn Juhl, Hans Wegner, Poul Kjærholm, Arne Jacobsen y Børge Mogensen, conviviendo sin la rigidez de una muestra curatorial. La silla Pelícano y el sofá Poeta, ambos de Juhl, aparecen en más de un rincón. El escritorio Nyhavn ofrece un lugar de trabajo tan cómodo que cuesta usarlo para trabajar y no para simplemente admirarlo. La vajilla es Royal Copenhagen, los cubiertos son Georg Jensen, la cristalería es Holmegaard, y hasta el televisor y el sistema de sonido llevan una firma danesa que no hace falta aclarar.
Lo que distingue a The Darling de cualquier vitrina de diseño es que ahí nada está guardado. Løkke suele repetir que la intención nunca fue construir un museo sino un hogar, y por eso mismo la casa tiene pequeñas imperfecciones a propósito: paredes con textura, objetos que parecen recién usados, un desorden mínimo y calculado que hace que todo se sienta habitado. El verde particular de las paredes lo mezcló la firma de interiores File Under Pop, inspirado en la pátina que toman con los años los techos de cobre de las iglesias de la ciudad. El papel tapiz de algunos ambientes lo diseñó especialmente Helene Blanche. Hasta el té de la mañana tiene una mezcla exclusiva, preparada por la casa Sing Tehus solo para quienes se hospedan ahí.
El arte, en cambio, sí funciona como en una galería, aunque con una diferencia enorme: cambia todos los meses y siempre está en venta. Las obras se eligen en conjunto con galerías de Copenhague, así que la casa que ves hoy nunca es exactamente la misma que vas a encontrar si volvés dentro de unos meses. Es, en ese sentido, un romance con fecha de vencimiento propia: lo que te enamora en marzo puede no estar en junio, y eso, lejos de ser un problema, es parte del atractivo.
No hay recepción tradicional en The Darling, ni personal circulando por los pasillos. Todo el trámite de la llegada lo resuelve un servicio de conciliación previo, encargado de reservas y actividades, y si preferís no salir a comer podés pedir que un chef privado cocine ahí mismo, en la cocina de roble ahumado que construyeron a medida los ebanistas de Københavns Møbelsnedkeri. La cama, para quien se lo pregunte, es de Dux.
La mayoría de las marcas que aparecen dentro de la casa tiene su local principal a menos de quinientos metros, en el barrio que los mismos daneses conocen como el distrito del diseño. Así que el enamoramiento que empieza adentro de The Cosy, frente a una silla o una lámpara que no podés dejar de mirar, no tiene por qué terminar cuando hacés el check out. Alcanza con caminar un par de cuadras para encontrarla de nuevo, esta vez con la posibilidad real de llevártela a tu propia casa.
Texto: Flavia Tomaello



