En París, algunas direcciones tienen una energía propia. Lugares donde la arquitectura, la gastronomía y la memoria se mezclan hasta crear una experiencia que permanece más allá del plato. Maison Roland, dentro de Shangri-La Paris, propone justamente ese tipo de encuentro: una invitación a sentarse a la mesa y descubrir una historia contada a través de sabores, gestos y detalles.
El restaurante ocupa un espacio cargado de identidad: la antigua residencia del príncipe Roland Bonaparte. Una casa que conserva la elegancia de otro tiempo y que hoy encuentra una nueva expresión a través de una propuesta gastronómica inspirada en la tradición francesa. La sensación es la de entrar en un escenario íntimo, donde el pasado no se exhibe como una pieza de museo, sino que continúa formando parte de la vida cotidiana.
La experiencia comienza mucho antes de probar la primera preparación. Está en la manera en que la luz acompaña la sala, en la presencia del jardín privado, en la calma que se percibe lejos del movimiento de la ciudad y en esos pequeños elementos que hacen que una comida se transforme en un momento especial.
Maison Roland recupera el espíritu del bistró parisino clásico: ese lugar donde las recetas atraviesan generaciones, donde las mesas invitan a quedarse y donde la gastronomía funciona como un lenguaje para compartir. La propuesta toma los grandes códigos de la cocina francesa y los presenta desde una mirada actual, respetuosa y profundamente ligada al placer de comer.
La carta recorre sabores reconocibles, aquellos que forman parte de la memoria gastronómica de Francia. Entre los primeros pasos aparecen los huevos rellenos con huevas de salmón, las rillettes de sardina, la terrina campestre con pistachos o la ensalada con panceta y huevo, preparaciones que hablan de una cocina con raíces y con una relación directa con la tradición.
También se suman productos que pertenecen al imaginario más refinado de la gastronomía francesa, como las ostras de Bretaña y distintas propuestas con caviar, en una combinación donde conviven sencillez y sofisticación.
Los platos principales continúan ese recorrido. El lenguado a la grenoblesa, la lubina grillada con hierbas, el tartar de carne y el steak con salsa de pimienta muestran una cocina que apuesta por la precisión y por el equilibrio. La técnica aparece como una herramienta para destacar el producto, no para esconderlo.
La langosta ocupa un lugar especial dentro de la propuesta, con preparaciones que incluyen la versión grillada y la clásica Thermidor, una receta asociada a la gran tradición culinaria francesa. Cada elección parece estar pensada para recuperar el valor de esos platos que forman parte de una cultura gastronómica transmitida durante décadas.
Los acompañamientos siguen una lógica similar: papas fritas, purés, vegetales y ensaladas que completan la experiencia desde un lugar simple pero esencial. Porque parte del encanto de la cocina francesa está en transformar ingredientes cotidianos en momentos memorables.
El cierre llega con los postres, donde aparecen sabores capaces de despertar recuerdos. La isla flotante Maison Roland, la mousse de chocolate, la crème caramel con vainilla de Madagascar, la pavlova de frutos rojos y la copa de frutillas con yogur helado completan una propuesta que mira al pasado con sensibilidad contemporánea.
Más que un restaurante, Maison Roland funciona como una pausa dentro de París. Un espacio donde la historia del edificio, la cocina y la hospitalidad forman parte de una misma experiencia.
En una ciudad donde cada esquina tiene una narrativa propia, algunas historias se descubren caminando y otras alrededor de una mesa. Esta pertenece a las segundas: una celebración de la cocina francesa, de la conversación sin apuro y de esos instantes que hacen que un viaje quede guardado en la memoria.Una mesa con historia
En París, algunas direcciones tienen una energía propia. Lugares donde la arquitectura, la gastronomía y la memoria se mezclan hasta crear una experiencia que permanece más allá del plato. Maison Roland, dentro de Shangri-La Paris, propone justamente ese tipo de encuentro: una invitación a sentarse a la mesa y descubrir una historia contada a través de sabores, gestos y detalles.
El restaurante ocupa un espacio cargado de identidad: la antigua residencia del príncipe Roland Bonaparte. Una casa que conserva la elegancia de otro tiempo y que hoy encuentra una nueva expresión a través de una propuesta gastronómica inspirada en la tradición francesa. La sensación es la de entrar en un escenario íntimo, donde el pasado no se exhibe como una pieza de museo, sino que continúa formando parte de la vida cotidiana.
La experiencia comienza mucho antes de probar la primera preparación. Está en la manera en que la luz acompaña la sala, en la presencia del jardín privado, en la calma que se percibe lejos del movimiento de la ciudad y en esos pequeños elementos que hacen que una comida se transforme en un momento especial.
Maison Roland recupera el espíritu del bistró parisino clásico: ese lugar donde las recetas atraviesan generaciones, donde las mesas invitan a quedarse y donde la gastronomía funciona como un lenguaje para compartir. La propuesta toma los grandes códigos de la cocina francesa y los presenta desde una mirada actual, respetuosa y profundamente ligada al placer de comer.
La carta recorre sabores reconocibles, aquellos que forman parte de la memoria gastronómica de Francia. Entre los primeros pasos aparecen los huevos rellenos con huevas de salmón, las rillettes de sardina, la terrina campestre con pistachos o la ensalada con panceta y huevo, preparaciones que hablan de una cocina con raíces y con una relación directa con la tradición.
También se suman productos que pertenecen al imaginario más refinado de la gastronomía francesa, como las ostras de Bretaña y distintas propuestas con caviar, en una combinación donde conviven sencillez y sofisticación.
Los platos principales continúan ese recorrido. El lenguado a la grenoblesa, la lubina grillada con hierbas, el tartar de carne y el steak con salsa de pimienta muestran una cocina que apuesta por la precisión y por el equilibrio. La técnica aparece como una herramienta para destacar el producto, no para esconderlo.
La langosta ocupa un lugar especial dentro de la propuesta, con preparaciones que incluyen la versión grillada y la clásica Thermidor, una receta asociada a la gran tradición culinaria francesa. Cada elección parece estar pensada para recuperar el valor de esos platos que forman parte de una cultura gastronómica transmitida durante décadas.
Los acompañamientos siguen una lógica similar: papas fritas, purés, vegetales y ensaladas que completan la experiencia desde un lugar simple pero esencial. Porque parte del encanto de la cocina francesa está en transformar ingredientes cotidianos en momentos memorables.
El cierre llega con los postres, donde aparecen sabores capaces de despertar recuerdos. La isla flotante Maison Roland, la mousse de chocolate, la crème caramel con vainilla de Madagascar, la pavlova de frutos rojos y la copa de frutillas con yogur helado completan una propuesta que mira al pasado con sensibilidad contemporánea.
Más que un restaurante, Maison Roland funciona como una pausa dentro de París. Un espacio donde la historia del edificio, la cocina y la hospitalidad forman parte de una misma experiencia.
En una ciudad donde cada esquina tiene una narrativa propia, algunas historias se descubren caminando y otras alrededor de una mesa. Esta pertenece a las segundas: una celebración de la cocina francesa, de la conversación sin apuro y de esos instantes que hacen que un viaje quede guardado en la memoria.
Texto: Flavia Tomaello


