En el barrio de 18th y Vine, en Kansas City, hay un edificio que tuvo dos vidas separadas por casi un siglo. La primera fue como sede del Paseo YMCA, uno de los primeros YMCA del país pensados para la comunidad afroamericana, en una época en la que el béisbol organizado de Estados Unidos llevaba más de sesenta años con un acuerdo informal, nunca firmado pero respetado al pie de la letra, que mantenía a los jugadores negros fuera de las ligas blancas. La segunda vida llegó hace pocos años, cuando ese mismo edificio, restaurado, reabrió con el nombre de un hombre que jugó, dirigió y finalmente contó la historia que había empezado, justamente, dentro de esas paredes.
El 13 de febrero de 1920, Andrew Rube Foster, exjugador y dueño de los Chicago American Giants, convocó a ocho propietarios de equipos independientes a una reunión en ese mismo Paseo YMCA. De ese encuentro nació la Negro National League, la primera liga organizada de béisbol negro del país, y Foster pasó a la historia como el padre de ese movimiento. Con los años se sumaron ligas hermanas, como la Eastern Colored League en 1923 y la Negro American League en 1937, y el béisbol negro dejó de ser solo un torneo deportivo para convertirse en uno de los motores económicos más importantes de las comunidades afroamericanas del país. El East West All Star Game, que se jugaba cada verano en el Comiskey Park de Chicago, llegó a convocar más público que el propio Juego de Estrellas de las Grandes Ligas, y hacia los años cincuenta, cuando muchos de los mejores jugadores varones ya habían sido reclutados por el béisbol blanco, mujeres como Toni Stone, Mamie Johnson y Connie Morgan ocuparon su lugar en el campo. Effa Manley, propietaria de los Newark Eagles, se convertiría más tarde en la primera mujer en ingresar al Salón de la Fama de Cooperstown.
Kansas City tuvo un papel central en todo esto, gracias sobre todo a los Kansas City Monarchs, propiedad del empresario J.L. Wilkinson, una de las franquicias más longevas de toda la historia de las ligas, activa entre 1920 y 1965. Wilkinson fue pionero en instalar, alrededor de 1930, un sistema portátil de luces para jugar de noche, mucho antes de que las Grandes Ligas adoptaran la misma idea. Por ese equipo pasó Satchel Paige, uno de los lanzadores más dominantes que dio este deporte en cualquier liga, y también un primera base llamado John Buck O’Neil, que llegaría a ser jugador y manager del club durante años.
En 1945, los Brooklyn Dodgers reclutaron de los Monarchs a un jugador llamado Jackie Robinson, que dos años después se convertiría en el primer afroamericano de la era moderna en jugar en las Grandes Ligas. Fue un quiebre histórico para el deporte y para los derechos civiles del país, y también, sin que nadie lo buscara, el principio del fin para las Ligas Negras. Los mejores jugadores empezaron a ser reclutados uno por uno por el béisbol blanco, el público los siguió, y los últimos equipos cerraron a comienzos de los años sesenta. El Paseo YMCA, mientras tanto, fue quedando cada vez más vacío, hasta convertirse, durante varias décadas, en poco más que un edificio abandonado en un barrio que la propia ciudad había dejado de mirar.
A dos cuadras de distancia, una segunda historia empezaba a escribirse
En 1990, un grupo de cinco personas decidió que esa historia no podía perderse del todo. El propio Buck O’Neil, el exoutfielder de los Monarchs Alfred Slick Surratt, el archivista Horace Peterson, fundador de los Black Archives of Mid America, y los investigadores Larry Lester y Phil Dixon fundaron el Negro Leagues Baseball Museum, a pocas cuadras del Paseo YMCA. Abrió
al público al año siguiente en una oficina diminuta de un solo ambiente, con algunas fotos en la pared. Bob Kendrick, hoy presidente de la institución, todavía cuenta que la primera vez que fue a buscar el museo, alguien le señaló esa habitación y le dijo, con total naturalidad, que ya estaba parado adentro.
O’Neil tenía, desde el principio, una idea clara sobre qué clase de lugar quería construir, y no era un Salón de la Fama paralelo. Quería un museo, porque si alguien había sido lo suficientemente bueno, merecía estar reconocido en el verdadero Salón de la Fama, no en una versión separada armada para consolarlo. En noviembre de 1997 el museo se trasladó a un edificio de veinte millones de dólares en pleno 18th y Vine, donde hoy comparte espacio con el American Jazz Museum, y en julio de 2006 el Congreso de los Estados Unidos lo distinguió como el único museo nacional dedicado a esta historia.
El recorrido es autoguiado, avanza de manera cronológica desde el béisbol comunitario del siglo diecinueve hasta la disolución de la última liga en 1962, e incluye una sala de casilleros con uniformes y guantes de uso real, entre ellos los de Josh Gibson, el catcher al que por su poder al bate apodaban el Babe Ruth negro. El final del recorrido es el Field of Legends, trece estatuas de bronce de tamaño real, una por cada uno de los primeros jugadores de Ligas Negras incorporados al Salón de la Fama. Una alambrada separa al visitante de ese campo durante todo el recorrido, y solo se abre al final, como si caminar entre esas estatuas fuera un privilegio que hay que ganarse después de conocer la historia completa. Ahí está Satchel Paige lanzando desde el montículo, Cool Papa Bell, de quien se cuenta que era tan rápido que podía apagar la luz de un interruptor y estar en la cama antes de que la habitación quedara oscura, y el propio O’Neil, dirigiendo el equipo desde la posición de manager, tal como lo hizo en la vida real.
O’Neil murió en 2006, a los 94 años, después de pasar casi dos décadas recorriendo el país para contar esta historia, y ese mismo año estuvo a un solo voto de entrar al Salón de la Fama. No llegó a verlo. Recién en 2022, dieciséis años después, fue incluido de manera póstuma, y poco después el viejo Paseo YMCA, finalmente restaurado, reabrió sus puertas como centro educativo del museo, con el nombre de Buck O’Neil. El edificio donde Rube Foster fundó la liga en 1920, el mismo que pasó décadas vacío y olvidado, hoy vuelve a estar lleno de gente, aunque por motivos completamente distintos a los de su primera vida.
Visitar el museo principal, en 1616 East 18th Street, de martes a sábado de 10 a 17 y los domingos de 12 a 17, con entrada general de 20 dólares para adultos, es solo la mitad del recorrido completo. La otra mitad está a dos cuadras, en ese edificio que tuvo que vaciarse por completo antes de poder volver a llenarse.
Texto: Flavia Tomaello







