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Adiós, a mi eterno amigo del Sur

Ricardo Caletti, vecino de San Martin de los Andes. Un promotor de la Patagonia.

Era mi primera vez a orillas del lago Lacar y fue él quien nos recibió al bajar del Koko, que nos traía desde Bariloche. Puede la memoria fallarme, pero yo lo recuerdo con chaleco de cuero e infaltable sombrero. Ala ancha para protegerse de todos los climas ¿Fue la primera enseñanza?

Aquella inicial función institucional como representante del Ente Sanmartiniano de Turismo abrió paso rápidamente a una amistad que se forjó durante años, con pocos encuentros —muchos menos de los que hubiese deseado—, pero con charlas honestas y generosas. No hubo lugares comunes, jamás coincidimos para fiestas ni creo habernos llamado para cumpleaños.

Nos separaban alrededor de 30 años, pero habíamos coincidido en los mismos claustros. Ese inexplicable sentido de pertenencia que nos propiciaba el Colegio, hacía que él citara fluidamente en latín, mientras yo ni siquiera recordaba las más sencillas declinaciones, pero comulgáramos el espíritu romano.

 

 

Suele decirse que hay personas que vivieron muchas vidas, pero yo creo que lo admirable de él es que eligió disfrutar de una completa.

Fue guardaparque y relataba cómo desde la ventana de su pequeño refugio veía los desprendimientos del Glaciar Perito Moreno, mucho antes de que existieran pasarelas, hoteles y grupos de asiáticos fotografiando.

Un historiador fenomenal de la Patagonia, que combinaba la atenta lectura de Darwin con la memoria oral mapuche de sus amigos loncos y expediciones propias, como aquella que desasnaba el bautismo de la localidad de Camarones.

Cualquier escenario, incluso la plaza frente a la iglesia, le era suficiente para compartir ese amor por la magia de la naturaleza.

Esa mezcla de erudito académico y aventurero era una de las cosas con las que conquistaba. Como locutor, sé que eso le encantaba: atrapar al oyente, dominar los silencios y hasta dibujar alguna figura en el aire, cigarrillo en mano. Además de su capacidad camaleónica: de galán —si hasta actuó en telenovelas y películas— a hombre de montaña.

Fue justamente él quien me enseñó a esquiar (o al menos lo intentó) y bautizó como el Equipo Lenga, porque, indefectiblemente, antes de caer prefería abrazarme a aquella arbórea nativa de los Andes que sirvió para confeccionar los techos de las más antiguas casas de San Martín. Claro, otra cosa que aprendí de él, mientras compartíamos una picada sobre una vieja teja de lenga en su casa, donde te recibía sin mezquindades.

Caminar junto a él era como obtener pasaporte de vecino. Después de que te presentara a alguien, ya eras un poco parte del pueblo. Recuerdo claramente aquella vez que entré a Tío Paco para ver si lo encontraba en uno de sus cafecitos, y resulta que desde el otro lado de la barra me comunicaban un recado que habían dejado para «el periodista amigo de Caletti».

Querido Ricardo, nos quedó pendiente llegar juntos a las termas del lago Lolog, después de que aquella vez decidió cruzársenos en el camino un coihue de apenas unos miles de años. Te despido con un hasta pronto porque cada vez que pise San Martín de los Andes sabré que tuve allí un confidente que me aconsejó nunca aflojarle, como vos no lo hiciste hasta el último momento.

CALETTI, GRACIAS POR TU AMISTAD.
JOTA.